La obra «Las horas solitarias» de Pío Baroja menciona nuesro municipio

El casaricheño Antonio Moriana Oliva ha descubierto que un escritor de la talla de Pío Baroja menciona Casariche en una de sus obras titulada «Las horas solitarias» y nos ha hecho llegar el siguiente texto. Desde aquí, le agradecemos el haber compartido esta información con todos nosotros.

Casariche en las horas solitarias de Pío Baroja
(Autor: Antonio Moriana Oliva)

Para que os voy a engañar, nunca había leído un libro de Pío Baroja hasta que un día una pista a través de un archivo me llevó hacía él. Podría haber ido directamente al grano, pero elegí dejar que cada letra y página me llevara hasta ese tesoro que andaba buscando. Esa pequeña recompensa por mis también “Horas Solitarias” buscando historias desconocidas de mi pueblo.

Las horas solitarias de Pío Baroja fue publicado originalmente en 1917. Hay quien lo considera una colección de artículos, ensayos o entradas de diario. En él, se nos descubren textos que han pasado desapercibidos acerca de sus experiencias a lo largo de sus constantes viajes por España, así como sus opiniones más relevantes sobre la vida y costumbres de la época. En uno de esos viajes, el autor de «El árbol de la ciencia» se topó con nuestra localidad y fruto, quizás del desánimo, el azar o el aburrimiento, dejó constancia de ello con una bella y melancólica descripción en un tiempo en el que una parte del mundo, sobre todo, Europa, moría a causa de la Primera Guerra Mundial, y aquí, mientras tanto, se vivía relativamente en paz.

«El tren se detiene y me asomo a la ventanilla a ver lo que pasa. Estamos enfrente de un pueblo que es Casariche. El sol ha bajado en el horizonte y alumbra con su luz roja unos cerros cercanos. Veo enfrente las calles de casas bajas, las lámparas eléctricas que apenas brillan en la luz dorada del crepúsculo. Recuas y más Recuas llegan al pueblo y alguna columna de humo tenue sale de las chimeneas. En esta calle, que se alarga en línea recta delante de mí, hay unas mujeres que charlan en los portales, un perro que ladra, un burro que marcha con la cabeza baja. El tren por fin arranca»


(Baroja, 1917, p.52)
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